Salonica Grecia
Comenzar el turismo en Salonica por el Museo Arqueológico es una muy buena opción. En él se exponen piezas macedónicas, helenísticas y romanas halladas en toda la región, entre ellas, las notables colecciones Síndos y Vérgina. Esta última incluye los formidables tesoros de lo que se cree que son los sepulcros reales del rey de Macedonia Filipo II y sus familiares. Las suntuosas joyas y los enseres domésticos de oro, plata y bronce pugnan por acaparar su atención con dos féretros: uno del rey, con una exquisita corona funeraria de hojas de roble en oro, y otro de una princesa, en el que hay una diadema adornada con abejas también de oro. Las tapas de ambos están repujadas con distintas variaciones de una estrella, la cual ha sido adoptada en medio de una gran polémica por el incipiente estado de la antigua República Yugoslava de Macedonia como símbolo nacional y bandera.

Salónica Romana
La Salonica romana es casi toda subterránea. Las excavaciones más extensas, en una perpendicular a la peatonal Dimitríu Gúnari y contiguas a la Platía Navarínu, son las del palacio del emperador Galerio César, el mismo que aborrecía a los cristianos y que en 305 d.C. martirizó a San Demetrio, el patrón d la ciudad. En la superficie perdura el arco de triunfo de Galerio, erigido sobre la Vía Egnacia en 297 d.C. para conmemorar la victoria sobre los persas. Al noroeste la rotonda de Agios Georgios, quizás en su origen construida para ser el mausoleo de Galerio, es uno de los pocos ejemplos que se conservan de arquitectura romana circular, que en gran parte ha subsistido gracias a haber sido reconvertida en una iglesia y luego en una mezquita. Se conservan fragmentos de unos mosaicos soberbios (que rara vez se pueden visitar ya que un terremoto en 1978 obligó al cierre de la rotonda, en lo alto de una pared en el interior; al alminar truncado es el último que queda en la ciudad.
Salonica Bizantina
En Salonica aún perduran trece iglesias bizantinas, más que en ninguna otra ciudad de Grecia. Los primeros ejemplos son adaptaciones evidentes de la basílica romana con columnatas, que a su vez se inspiraban en los templos griegos, con las columnas exteriores reemplazadas por muros.
Tanto Akhiropítos, del siglo V, como la muy remozada Agios Dimitrios son basílicas de tres naves. En Akhirópitos hemos de fijarnos en los bellos fragmentos de mosaicos que hay bajo los arcos, entre las columnas ornadas. Agios Dimitrios se fundó poco después del fallecimiento del santo en el sitio donde fue martirizado; se piensa que la cripta eran los baños romanos en que estuvo encerrado. Se trata de la iglesia más grande de Grecia, reconstruida casi por completo tras el incendio de 1917, que sólo respetó el ábside y las columnatas. Se conservan seis pequeños mosaicos de entre los siglos V y VII sobre las columas a ambos lados del altar, en la mayor parte de los cuales aparece San Demetrio.
La diminuta Ósios Davíd, del siglo V o del VI, oculta en el barrio de Kástra, es todo lo que queda del monasterio de Látomos. El flanco occidental de esta iglesia ha desaparecido, pero vale la pena visitarla por el excepcional mosaico temprano del ábside, que no fue descubierto hasta 1921, cuando se retiró la capa de cal que habían echado los otomanos. Ilustra la visión que el profeta Ezequiel tuvo del Cristo Emmanuel, al que se representa como un joven imberbe sentado sobre la bóveda celeste y rodeado de los signos de los evangelistas. Tomados en conjunto, los mosaicos de Ósios, Davís y Agios Dimítrios se cuentan entre los más famosos de Ravena, en Italia.
De regreso, en la zona llana cerca del puerto, Agia Sofía (santa Sofía) fue edificada a imitación de la homónima de Constantinopla. Se trata de uno de los primeros experimentos con cúpulas que tuvo éxito; en la de esta iglesia, de 10 metros de diámetro, se muestra una realista Ascensión de Cristo, en la que los apóstoles observan mientras unos ángeles lo transportan al Paraíso, en lugar del Pantocrátor (Cristo entronizado) que más tarde se convertiría en la norma. En el ábside, se pueden apreciar restos de un mosaico iconoclástico de la cruz detrás de la Virgen entronizada. Había dos, y otra cruz figurativa se conserva en la bóveda adyacente.
Otro grupo de iglesias que data de los siglos XIII y XIV, todas ellas mucho más arriba de la Vía Egnacia, son ejemplos de una ‘edad de oro’ cultural que choca con el declive político del Imperio Bizantino y los numerosos desastres que asolaron Salónica desde el siglo X hasta el XII. Unos recursos financieros, más modestos significaron que en esta época la decoración preferida para las iglesias fueron los frescos en lugar de los mosaicos, iglesias que en su mayor parte estaban unidas a un monasterio ahora inexistente. Con mucha diferencia la mejor de ellas es Agios Nikólaos Orfanós, en el extremo norte de Kástra. Entre los frescos mejor conservados y menos habituales figuran el Cristo crucificado y Pilatos sentado en el juicio, la imagen misma de un escriba bizantino; según parece, en ‘el lavado de los pies’ el componente artista incluyó un retrato de sí mismo montado a caballo y con un turbante.
El Museo Bizantino de Salónica contiene una excelente colección de arte profano y sacro bizantino, iconos de primerísima clase, cerámica, joyas, monedas, ubicada en la Lefkós Pírgos (torre blanca), junto al mar. La torre, que es el emblema de la ciudad, la incorporaron a las murallas romano-bizantinas los venecianos durante el breve período en que gobernaron la ciudad. Los otomanos la utilizaron como prisión; eso, junto a la masacre de los indómitos jenízaros en 1826, le ganaron el sobrenombre de la ‘torre sangriente’. Después de 1912 los griegos la encalaron, y más tarde, en 1985, la volvieron a dejar como estaba. Una escalera en espiral con ventanas diminutas conecta las distintas salas de exposiciones, hasta que desemboca en una preciosa cafetría y al final en la terraza almenada, desde la que se divisan unas hermosas vistas del puerto y de Kástra.
El muro que desde aquí se dirigía hacia el interior, ya desaparecido, unía la torre Blanca con la torre de la Cadena, en la esquina nordeste de las fortificaciones; más allá se encuentra Eptapirgíu, la ciudadela interior (en turco Gedikule), donde desde los tiempos de los otomanos hasta 1989 existió una famosa prisión. Los empinados callejones de Kástra están a 20 minutos a pie del mar. Desde finales de la década de 1980 este barrio de destartaladas casas con vigas de madera ha pasado de ser pobre, menospreciado y ‘turco’, a estar de moda y a invertirse dinero en su restauración, con cafés y tabernas dispersos por sus calles.
Salonica otomana y judía
En 1430, los otomanos se apoderaron de Salónica, justo veintitrés años antes de la caída de Constantinopla. Durante el primer siglo de su dominio los nuevos amos transformaron la mayoría de las iglesias en mezquitas, añadiéndoles alminares y encalando los mosaicos y frescos. Como consecuencia, no hay demasiadas edificaciones bizantinas construidas de forma explícita para tal fin, aunque sí existen otros edificios públicos de interés. Entre los ejemplos del siglo XX cabe destacar la elegante Ishak Pasha o mezquita Alatza Imaret, el pie de Kástra (a la vuelta de la esquina desde la Yeni Hamam o casa de baños, que ha sido reconvertida en una cautivadora cantina, una sala de conciertos y un cine al aire libre), y la ruinosa mezquita Hamza Bey, en la Vía Egnacia, cuyo último uso fue el de cine Alcázar. Quizás pronto reciba el mismo trato que el vecino Bezesténi, un rehabilitado mercado cubierto con seis cúpulas donde ahora hay tiendas de lujo. La cercana Bey Hamam luce sobre el vestíbulo una bóveda de mocárabes intacta.
Otros dos monumentos ‘turcos’ contemporáneos quizás resulten atractivos para los especialistas. En la parte posterior del consulado se levanta la casa de madera en la que nació en 1881 Mustafá Kemal Atatürk, fundador de la república turca. Y a unos cientos de metros hacia el este del Museo Arqueológico, en el extremo de la ‘ciudad nueva’ del siglo XIX, se halla la Yeni Cami o ‘mezquita nueva’, una extravagancia art nouveau. Esta secta criptojudaica, inicialmente seguidores del falso ‘mesías’ del siglo XVII Sabbatai Zvi, gozaban de una preponderancia desproporcionada en la industria otomana y edificaron muchas grandes mansiones en esta zona. Sin embargo, de cara al exterior abrazaban el islamismo, y en consecuencia fueron expulsados en 1923.
Por el contrario, apenas quedan vestigios visibles del pasado judío de Salonica, por culpa del incendio acaecido en 1917 y la profanación por parte de los nazis de sus cementerios y sinagogas en 1943. Tan sólo sobrevivió a la guerra la sinagoga Monastiriot, de estilo modernista, cerca del Ministerio de Grecia Septentrional. El orgullo del espacioso zoco central, que se extiende a ambos lados de Aristotálus y en el que se vende de todo, desde muebles de madera hasta aves de corral vivas, es el mercado cubierto Modiano, de carne, pescado, frutas y verduras, cuyo nombre proviene de la familia judía que lo instauró. Aunque sólo está ocupado a medias, el Modiano todavía ostenta algunas auténticas uzeriés muy animadas en la galeria oeste. En las inmediaciones, el Luludádika, o baños del mercado de las flores, también conocido como la Hamam Yahuda o casa de baños judía; la clientela judía ya no está, pero en su exterior añun se venden flores y hay una buena taberna en su interior. En la misma zona, en Agiu Miná, se halla el Museo de la Presencia Judía.

Alrededores de Salónica
Si quieres salir de Salonica, haz una escapada de medio día hasta Panórama, un próspero pueblo a 11 kilómetros en dirección este cuyas vistas justifican su nombre.
Khortiátis, a 10 kilómetros hacia el norte desde allí, ha abastecido a Salónica de agua desde la Antigüedad, y conserva algunos de los pinares que se han salvado de los pirómanos, Desde cualquiera de estas localidades en un día despejado podrá avistar más allá del golfo de Salónica la elevación del monte Olimpo (Ólimbos) al sudoeste, considerado como el punto que separa Macedonia de Tesalia.